Historia de un regreso al origen. Volver a El Cementerio después de 30 años

“Es que uno es esto. Uno es lo que hace. Irse es dejar de ser tú. Vivir afuera es un proceso complicado”.

Danelli Jiménez.

 


Danelli Jiménez entró este domingo nuevamente a la casa del sector Las Palmas en donde vivió hasta los siete años. De su barrio querido salió por la inseguridad. Ahora está a punto de irse del país.

 

“Una vez hubo un tiroteo allá arriba y hasta aquí llegaron las balas y sonaban clac, clac, clac, clac”, dijo Danelli Jiménez mientras tocaba las finas barandas negras de una ventana que da hacia un patio de cemento, una especie de balcón bordeado por un muro bajo, vetusto y agrietado. Estaba en el tercer piso de una casa. Tenía los ojos húmedos y una sonrisa permanente. Estaba tan impresionada, tan emocionada, que apenas podía decir algo más. Todo lo miraba, lo reconocía, lo palpaba.

Treinta años llevaba Danelli sin pisar esa vivienda de la calle Los Laureles de El Cementerio, en Caracas. La última vez que estuvo allí se despidió de la que había sido su primera residencia, donde creció junto a otros trece miembros de su familia. El domingo pasado volvió al barrio con la intención de que la dejaran entrar a aquel lugar en donde había dormido junto a sus papás y de donde salió por la inseguridad.

Este regreso se dio de manera fortuita. Danelli, quien es coach y emprendedora, tenía desde hace varios meses la idea de colaborar con el programa Échale Color, que refacciona fachadas de sectores populares para lograr la integración de la comunidad. Cuando finalmente se convocó a nuevos voluntarios para hacer una intervención, Danelli no lo podía creer. Irían a la zona en donde dio sus primeros pasos. Su casa, aquella casa, iba a ser una de las beneficiadas. 

El domingo, la senda donde tantas veces jugó de niña se había convertido en una fiesta. Por allí pasaron los 150 voluntarios que pintarían las paredes externas de las viviendas que se distribuían entre la calle Acueducto, Los Laureles y cerro arriba. Bailaron, cantaron, comieron, escucharon música. Danelli hacía eso y más. Esperaba que en algún momento le abrieran la puerta y la dejaran pasar para encontrarse con el mundo que había dejado en el barrio. Fue la que dio los primeros brochazos a su vieja morada.

Aquí toda la vida era en la calle. Cuando te vas, extrañas la familiaridad porque cualquiera se para de la mesa para darte el puesto, te ofrece un plato de comida, te atiende. Todas las tareas son compartidas. Jugábamos chapita, pisé. Los 31 de diciembre había una partida de pelotica de goma con los vecinos“, recordó ella.

Danelli era la única voluntaria del programa en su familia, pero no estaba sola. Hasta el barrio, su barrio, llegaron su papá, su tío y su hermano. Ninguno, tanto como ella, quería reencontrarse con aquel pasado. Quizás el hecho de estar tan cerca de irse del país para comenzar una nueva vida con su esposo le había despertado la necesidad de revisitar la vieja casa del abuelo, la de los dos balcones angostos, la que no ha sufrido la metamorfosis que otras construcciones que la rodean han atravesado con los años. Flanqueada por las casas aledañas, la vivienda se ve anticuada, como si sus habitantes se hubiesen rehusado a vaciarla de sus recuerdos.

“Disculpe, compadre, pero es que mi hija se puso sentimental porque ella nació aquí”, dijo el padre de Danelli a uno de sus antiguos vecinos que se acercó a saludarlo. Comentó que de allí salieron porque la inseguridad los comenzó a acechar. “Lo que pasa es que esto se puso peligroso. En las casas de allá arriba se estaban comenzando a meter por el techo”, agregó. La situación hizo que él, junto a su esposa y a su niña, buscaran casa nueva. Sus padres y sus hermanos hicieron lo mismo. Se fueron todos casi al mismo tiempo. La vivienda se alquiló y ninguno regresó.

El tercer piso, en donde vivía Danelli con sus padres, era, y sigue siendo, precario. Se trata de una especie de anexo construido sobre una platabanda. Las paredes nunca se terminaron de frisar, el techo aún es de láminas de cinc.

Al mediodía, Danelli tocó la puerta después de varios intentos y, finalmente, le abrieron. La inquilina había acordado temprano con ella que sí la dejaría entrar unos minutos. Saltó de alegría cuando pasó el umbral y subió veloz la escalera estrecha que se había vuelto todavía más angosta con los chécheres que ocupaban la mitad de los altos escalones. Al llegar al tercer piso, se detuvo.

“Me da risa, porque uno cuando es chiquito lo ve todo más grande”, dijo Danelli luego de unos segundos de silencio. La voz se le había cortado ante la puerta de madera que la separaba de la estancia de su infancia. Adentro, la estructura, el suelo, el techo, las rejas protectoras eran las mismas. La mujer las tocaba y las miraba como si fuesen de cristal.

Allí, en esos 30 metros cuadrados, reconoció el cielo raso que se levantaba para que guardara sus juguetes, el espacio donde su papá trabajaba con sus máquinas de talabartería para confeccionar carteras, monederos y portachequeras; el rincón del patio en donde un día la habían castigado, el lavadero que permanecía intacto.

Horas antes de aquellos instantes, Danelli contaba que su esposo la esperaba, pero ella no se había podido “despegar” del país. “Es que uno es esto. Uno es lo que hace. Irse es dejar de ser tú. Vivir afuera es un proceso complicado”, contó quien sabe que está a pocos meses de partir.

A los 7 años, cuando Danelli se mudó de su primera casa, se fue a un edificio en donde las relaciones con los vecinos y la libertad de jugar en la calle se acabaron. Creció, estudió, trabajó, volvió a cambiar de vivienda, de aires, de zona, y ahora está muy cerca de hacerlo de nuevo. Antes de irse, Danelli necesitaba reconocerse en aquellas paredes de El Cementerio. El pasado domingo lo hizo.

 

 


Redactado por: LORENA MELÉNDEZ G.

Enlace a la publicación original: https://www.contrapunto.com/noticia/como-es-volver-al-origen-antes-de-partir/

 

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